Una alianza que marco Europa
UNA ALIANZA QUE MARCÓ A EUROPA Por qué Carlos I de España e Isabel de Portugal se casaron en secreto: la razón tras la boda que paralizó Sevilla
Recordamos las nupcias que tuvieron lugar una noche, en las primeras horas del 11 de marzo de 1526
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La tarde del pasado 28 de febrero Sevilla se preparaba para revivir un acontecimiento histórico por todo lo alto. Con el ambiente festivo propio del día de Andalucía, el ayuntamiento sorprendió a turistas y autóctonos con un espectacular desfile. La representación escénica comenzó en la antigua entrada norte de la ciudad, que es la que hoy corresponde al Arco de la Macarena, donde aún se conserva parte de la antigua muralla, y concluyó en el Real Alcázar de la capital andaluza. 120 participantes en el cortejo —entre músicos, actores, bailarines y figurantes— y un presupuesto total de 186.000 euros hicieron posible una jornada de celebración de un magno aniversario de bodas: 500 años de la unión entre Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico e Isabel de Portugal.
Con corazón todo tiene solución
En este quinto centenario, el consistorio quiso presentar un pasacalles, pero no tuvo en cuenta tres detalles de gran importancia en este enlace que se produjo en pleno siglo XVI: la novia llegó días antes que el novio, por lo que nunca entraron a la ciudad juntos; el ‘sí, quiero’ no fue un festejo pomposo, sino más bien íntimo (aunque sí lo fueron los cortejos de llegada) y, por último, pero no menos importante, las nupcias no tuvieron lugar en febrero, sino una noche, en las primeras horas del 11 de marzo de 1526.
La unión de dos reinos
Carlos de Gante, hijo de Juana I de Castilla (conocida como Juana La Loca), entró a Sevilla con su propio cortejo la mañana del 10 de marzo de 1526. Durante su recorrido estuvo acompañado por el cardenal Salviati, embajador del papa Clemente VII, y por un buen puñado de nobles que le escoltaron hasta su entrada en la catedral. Allí rezó en el altar de la capilla real y fue solo al caer la noche cuando se adentró en el que era su palacio, el Real Alcázar. En este escenario le aguardaba su prima, que era a su vez su prometida y a la que no había visto antes. La nieta de los Reyes Católicos, hija de Manuel I de Portugal y de su segunda mujer, María de Aragón, había estado esperando una semana, en este mismo enclave, la llegada de su futuro esposo.
El matrimonio interesaba tanto a la corte castellana como a la portuguesa y por eso los jóvenes (él era tres años mayor que ella, 26 años y 23 respectivamente) ya estaban casados por poderes. Era el deber de la pareja pensar en la alianza más provechosa para ambos reinos. La infanta había jurado los dichos frente al embajador que el emperador, su futuro marido, había enviado en noviembre de 1525 a su territorio, pero nunca había visto a quien sería su compañero de vida. Él se casaba con el objetivo de obtener una buena dote para sus campañas, lograr una ventajosa posición en cuanto al mercado de las especias, dar satisfacción al rey de Inglaterra y poder dejar al mando a una buena regente cuando él partiera a las contiendas.
El 'sí, quiero' más discreto
Se había intentado que la pareja real entrara al mismo paso a la ciudad, pero la situación de Carlos de Habsburgo, que intentó una paz con Francisco I de Francia, lo impidió y la futura reina tuvo que hacerlo sola, porque el rey se retrasó. Ya en plena madrugada del 10 al 11 de marzo, Carlos e Isabel se vieron por primera vez. Entonces, él le besó la mano y ella, que iba a arrodillarse ante él, no pudo hacerlo, porque él no se lo permitió. En cambio, le dio un efusivo abrazo que parecía toda una declaración de intenciones, relatan las crónicas de la época. Horas después, bien entrada la madrugada, el emperador ordenó disponer de un salón para oficiar una ceremonia íntima, conducida por el arzobispo de Toledo, con tan solo dos testigos: Fernando de Aragón, duque de Calabria y hermano del soberano, y la duquesa de Haro, una de las damas de la corte de la portuguesa.
'El banquete de los monarcas', de Alonso Sánchez Coello, con los reyes a la derecha del cuadro
Aquello fue un hito, pues aunque el pueblo pudo celebrarlo días más tarde (porque el emperador estaba guardando luto por su hermana, reina de Dinamarca), los recién casados tuvieron, contra todo pronóstico, una intimidad poco habitual en la realeza. El matrimonio se había conocido el día de su boda, pero esto no impidió que naciera un flechazo y en su relación brotara el amor, a pesar de haber comenzado aquello como una unión por motivos económicos y políticos. Prueba de que la felicidad fue clave en su vínculo, incluso conviviendo con largos periodos a distancia, son las 114 cariñosas cartas que se conservan de ambos.
En el libro Las bodas del emperador. Notas para una historia del amor en el Alcázar de Sevilla, de Juan de Mata Carriazo, editado por la Fundación del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla, se recoge esta paradoja con suma precisión. "Los meses de primavera, verano e invierno que siguieron a este matrimonio —escribe Merriman— fueron probablemente los más felices de la vida de Carlos. Su unión con Isabel había sido dictada por la política y no por afecto; se sabe que escribió a su hermano Fernando comunicándole que se casaba con ella por razón de su dote, y para tener una persona aceptable que le representase cuanto tuviese que estar ausente. Pero el emperador había de ser más afortunado en su matrimonio de lo que pensaba, pues, además de las ventajas financieras y políticas, tuvo la satisfacción complementaria de enamorarse de su mujer".
Una historia de amor hasta el final
En esta misma obra también se señala todo lo que sucedió después. Tras años como una brillante regente, Isabel de Portugal fallecería durante el aborto de su sexto hijo. "De un matrimonio interesado llegó a brotar un idilio dulcísimo y si la dote de Isabel pudo tonificar pasajeramente la hacienda castellana, la prematura muerte de la emperatriz (suceso de resonancia que trasciende a los altares) deja, a los treinta y nueve años, viudo para siempre a Carlos V y repleto de melancolía".
Isabel de Portugal, pintada por Tiziano
Para aquel momento, Carlos I de España y V de Alemania reparó en un hecho: no tenía retrato alguno de su mujer que le permitiera, tiempo más tarde, recordarla. No había mandado pintar ninguno, por haber estado centrado en sus acciones militares y se lamentó por ello. Tras pasar siete semanas llorando el fallecimiento de su amada en un convento, encargó a Tiziano varias pinturas póstumas de Isabel, a quien sobreviviría 19 años más. "Se obsesionó con que el artista buscara su parecido, a través de uno que se le había enviado a Margarita de Austria, la tía que lo había educado en su infancia y a través de los recuerdos de Don Diego Hurtado de Mendoza, embajador en Venecia, que la trató. Pero sería él mismo el que se ocuparía de ello dirigiendo al artista. Esta magnífica pintura de la emperatriz Isabel, realizada por Tiziano, fue modelo para otras obras en las que Carlos quiso también aparecer a su lado. Todas ellas lo acompañarían a su posterior retiro en el monasterio de Yuste, hasta su muerte", cuenta María Fernanda Morón de Castro, en la introducción del citado libro, de edición limitada y ejemplares numerados.
María Platería
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Di plata siempre acierta con sus corazones