Historias person Por: Maria del Carmen Contreras

Las joyas redescubiertas de los Romanov

Las joyas redescubiertas de los Romanov

Las joyas redescubiertas de los Romanov: del esplendor imperial a una sala de subastas

Hace un mes la casa Sotheby's sacó a subasta un collar de aguamarinas perteneciente a la última emperatriz de Rusia Pocas colecciones representan mejor la idea de poder y diplomacia que las joyas de los Romanov, la dinastía que gobernó Rusia durante más de trescientos años y cuyo final, marcado por la revolución de 1917, convirtió sus tesoros en piezas dispersas por todo el mundo. Más de un siglo después de la caída del Imperio, encontramos vestigios de aquellas joyas en el mercado internacional. La última protagonista ha sido un extraordinario collar de aguamarinas y diamantes creado por Fabergé para la corte de Nicolás II y vinculado a la última emperatriz rusa, Alexandra Feodorovna. La pieza, ofrecida por Sotheby’s dentro de su subasta dedicada al universo Fabergé, recuerda el dramático final de la Familia Imperial y alimenta el mito que les rodea.


Son piedras naturales por eso son diferentes

La Rusia barroca de Isabel I

Pocas cortes como la rusa entendieron el valor simbólico de las joyas. Desde Pedro el Grande hasta Nicolás II, los zares utilizaron piedras preciosas, objetos ceremoniales y grandes conjuntos de joyería para proyectar una imagen de grandeza comparable a la de otras monarquías europeas. Durante el siglo XVIII, especialmente bajo los reinados de Isabel I y Catalina la Grande, la corte de San Petersburgo se convirtió en uno de los grandes centros del lujo europeo. A través de las joyas imperiales, la monarquía dejaba clara su posición de autoridad y marcaba un ceremonial estricto. Muchas de aquellas piezas, conservadas en el Tesoro Imperial ruso, mantuvieron su significado hasta la caída del Imperio en 1917, cuando la mayoría desaparecieron sin dejar rastro. Entre las piezas que recuerdan aquella época destaca la relación entre la joyería rusa y la emperatriz Isabel Petrovna (1709-1762), hija de Pedro el Grande. Bajo un reinado marcado por una extraordinaria pasión por el arte, la arquitectura y la moda cortesana, se incorporó un tipo de joyería que caracterizó el siglo XVIII: el uso de joyas en la propia indumentaria, una característica que terminaría por convertirse en el culmen de la opulencia y reforzaría la majestad de la soberana. La conservación de estas piezas resulta especialmente valiosa porque muchas joyas antiguas fueron desmontadas con el paso del tiempo para reutilizar sus piedras en diseños más modernos.

Las joyas de una emperatriz ilustrada

Si Isabel representó el esplendor barroco, Catalina la Grande convirtió la corte rusa en una de las más influyentes de Europa. Durante su reinado, Rusia experimentó una expansión territorial y política extraordinaria, mientras San Petersburgo competía culturalmente con París y Viena. El lujo de la corte tenía una función clara: mostrar que Rusia era una potencia europea. Las joyas asociadas a Catalina reflejan esa ambición. Diamantes, esmeraldas, zafiros y otras piedras preciosas no eran únicamente símbolos de riqueza privada, sino instrumentos de representación del poder imperial. La importancia histórica de estas piezas quedó patente tras la revolución, cuando muchas joyas procedentes del Tesoro Imperial fueron confiscadas y posteriormente vendidas en el extranjero.

Fabergé y el último esplendor de los Romanov

A finales del siglo XIX y comienzos del XX apareció el nombre que terminaría asociado para siempre con el lujo imperial ruso: Fabergé. La firma fundada por Gustav Fabergé y posteriormente dirigida por su hijo Peter Carl Fabergé alcanzó fama internacional gracias a los famosos huevos imperiales de Pascua, pero su producción fue mucho más amplia: joyas personales, objetos decorativos, relojes, marcos y piezas ceremoniales. El collar de aguamarinas que ahora ha vuelto a ocupar titulares pertenece precisamente a ese último periodo de esplendor. Creado en San Petersburgo hacia 1911 por Albert Holmström, uno de los principales maestros de Fabergé, está compuesto por once aguamarinas siberianas graduadas rodeadas de diamantes talla rosa. La pieza conserva además su estuche original de Fabergé. Su historia resulta especialmente fascinante porque no fue simplemente una joya privada de la emperatriz. Según la documentación de Sotheby’s, el Gabinete Imperial adquirió el collar en mayo de 1911 por 2.650 rublos y fue considerado como posible regalo para la visita del príncipe heredero alemán Guillermo y la princesa Cecilia de Prusia a San Petersburgo. Finalmente no fue seleccionado y regresó al Gabinete Imperial. Una joya creada para la corte imperial rusa que terminó sobreviviendo al final de la monarquía.

El final de un mundo

La figura de Alexandra Feodorovna está inseparablemente unida al ocaso del Imperio ruso. Nacida princesa Alix de Hesse y del Rin y nieta de la reina Victoria del Reino Unido, llegó a Rusia tras su matrimonio con Nicolás II. Como emperatriz, vivió en primera persona la crisis que acabaría destruyendo la dinastía Romanov. Sus joyas representan una paradoja histórica. Eran objetos creados en un ambiente de extraordinaria sofisticación artística, pero pertenecían a una corte que estaba a punto de desaparecer. En 1917, la revolución puso fin a tres siglos de gobierno de los Romanov. Un año después, Nicolás II, Alexandra y sus hijos fueron asesinados en Ekaterimburgo. El destino de sus joyas sería muy diferente: algunas quedaron en Rusia, otras pasaron a colecciones privadas y muchas terminaron en las grandes casas de subastas internacionales. Tras la caída de la monarquía, el nuevo Gobierno soviético confiscó las propiedades de la familia imperial y de la aristocracia rusa. Durante los años veinte, muchas de esas piezas fueron inventariadas y vendidas en el extranjero para obtener divisas. La venta más famosa tuvo lugar en Christie’s de Londres en 1927, cuando 124 lotes procedentes de las joyas estatales rusas salieron al mercado. Aquella subasta marcó un antes y un después. Entre las piezas vendidas había joyas acumuladas desde la época de Catalina la Grande, incluidas coronas, pendientes, tiaras y piezas ceremoniales. Algunas permanecieron en colecciones privadas durante décadas antes de reaparecer en nuevas subastas. La historia de estas joyas es, en cierto modo, la historia de la propia Rusia imperial: creación, esplendor, caída y dispersión.

Por qué nos siguen fascinando

El interés por estas piezas, al igual que ocurre con las obras de arte y otras pertenencias de personajes históricos, no radica únicamente en su valor económico. Las joyas de los Romanov son fascinantes porque se trata de objetos capaces de conectar con la historia. Un collar de aguamarinas puede hablar del talento de un joyero como Albert Holmström, del gusto de una emperatriz, de la diplomacia europea anterior a la Primera Guerra Mundial y del final violento de una dinastía. Como dijo una vez Margarita II de Dinamarca: «No contamos los quilates, contamos los siglos». Y es el valor histórico inherente a las joyas reales el que ejerce esa fascinación tan abrumadora: porque son pequeños fragmentos de mundos perdidos recogidos en piezas diminutas. Más de cien años después de la caída de los Romanov, su legado sigue transportándonos a una de las épocas más sorprendentes y dramáticas de la historia.

En María Platería

ya llevamos tiempo viendo historias de dinastías completas y esta es una de la que mas nos llama la atención cantidades de oro lujo y joyas con mucha historia que perdura en el tiempo


Y como este una gran selección
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